Un intento de medir la Estafa $LIBRA. Y el perfil de quienes sostienen la parada.
El Congreso no logró los votos necesarios para investigar la
estafa de $LIBRA y el discurso de Javier Milei sobre la lucha contra la
corrupción y la casta se desmorona. Quienes adhieren a las ideas y las
políticas del presidente no forman bandos homogéneos y sus respuestas frente al
Criptogate pueden variar. Feligreses, pasando por tolerantes hasta llegar a los desencantados ¿A qué racionalidades debería atender
quien quiera participar de la disputa política?
Nada del Criptogate está oculto. Todo ha sido
expuesto. Las dudas sobre un eventual hackeo fueron esclarecidas por ellos
mismos (de otro modo no se hubiera consumado la tarea, pues el éxito de la
operación dependía de la confiabilidad que la investidura del presidente inspira).
Tampoco sobreviven las sospechas de una entrevista guionada y las denuncias de
un periodista “ensobrado” luego de que el mismo canal en donde se realizó
hiciera público el material no editado. En él se ve el principal consejero del
rey y la incomodidad del autómata, dejando al desnudo el artificio.
En el momento de campaña presidencial sucedió algo similar:
no se ocultó la motosierra, las declaraciones sobre el “Estado como un
pedófilo…”, las iniciativas de venta de órganos y niños, los discursos de odio
y el negacionismo. Más aún esos fueron sus slogans políticos.
Antes como ahora los hilos están a la vista. Asistimos más o menos impávidos a
una obscenidad normalizada, donde todo parece estar fuera de quicio pero a
nadie pareciera importarle lo suficiente. Es ese exhibicionismo el que debilita
a la crítica, al menos si coincidimos en que su principal tarea es la de
desocultar.
Asistimos, más o menos impávidos, a una obscenidad
normalizada. Ese exhibicionismo debilita a la crítica.
¿Cómo afecta/afectará el Criptogate al votante de Milei? En
este escenario es preciso afinar las herramientas para imaginar
sociológicamente lo que no siempre explican las estadísticas que, de seguro,
nos inundarán. Y evitar las respuestas que oscilan entre un taxativo nada y una
fantaseada debacle.
Entre los estudiosos del fenómeno Milei se suele hablar de
votantes duros y blandos. Los primeros serían más “ideológicos” mientras que
los segundos no lo serían tanto. Esa caracterización puede ser útil, pero ni
uno ni otro bando es homogéneo; luego, sus respuestas ante este suceso pueden
no ser equivalentes. ¿Cómo reaccionarán quienes acompañan al presidente desde
el minuto cero? ¿Y aquellos que lo apoyaron en el balotaje?
Apelando a algunos materiales cualitativos podemos esbozar al menos seis perfiles o tipos ideales de
votantes de Milei, ordenados en función de una gradiente que va de la mayor
intensidad -en términos de convicción y adhesión- a la menor. Estos tipos
ideales, como diría Max Weber, son abstracciones (exageradas) de la realidad
que buscan, al distanciarse de ella, comprenderla de mejor manera. Son
artificios analíticos que no quieren describir a actores de carne y hueso de una
vez y para siempre sino acercar razones capaces de explicar en qué medida esos
actores se aproximan a ellos.
1. El feligrés casi fanático religioso
La posición subjetiva que trasunta aquí es la que reconoce en
el líder su locura pero la decodifica en términos religiosos: como capacidad de
anticipación, de visión, de revelación. Entre ellos “ver” es sinónimo de la
posesión de algo así como la verdad de lo real. Si esto siempre fue un problema
para el ámbito del conocimiento y el saber, se vuelve un escollo
insoslayable para la práctica política. A partir suyo se establece una frontera
nítida e infranqueable entre quienes “la ven”, poseen la verdad, y quienes “no
la ven”, no han sido iluminados por su poder divino. Las adjetivaciones no son
accesorias. El “ver” es deudor en esta retórica de una lectura religiosa del
mundo: quien dice ver la verdad de la realidad lo hace a
partir de una situación donde se le revela el sentido oculto que la mirada trae
a la superficie para él, uno de los pocos elegidos. En esa línea se inscribe el
“abrir los ojos” como la invitación a salir del engaño, despertar de la
ensoñación embriagadora en la que hemos vivido sumidos. En ese tránsito suelen
asistir profetas como lo enseña el Nuevo Testamento: estaba ciego y ahora veo.
Desde esta posición subjetiva las caídas son ocasiones para ofrecer pruebas de
fe.
Establece una frontera nítida e infranqueable entre quienes
“la ven”, poseen la verdad, y quienes “no la ven”, no han sido iluminados por
su poder divino.
El camino del profeta tiene sus vicisitudes, la realización
de su obra no carece de reveses, es la remanida historia de Moisés y su periplo
en el desierto. Las fuerzas del cielo, como Dios, operan de forma misteriosa y
todo se revela al final. Es el fundamento mesiánico teleológico que encontramos
en la sigla TMAP (“todo marcha acorde al plan”), tantas veces utilizado por el
mago del Kremlin caído en desgracia que satisface la angustia con la idea de
que todo lo que sucede es parte de una obra divina que no debemos cuestionar.
Este modo de pensar –que llamativamente es el anverso religioso del “equilibrio
de mercado”– es la argamasa de la adhesión ideológica del feligrés. Para él la
valoración del líder es inmune a los hechos, ambos se sustraen al juicio.
2. El libre, libre
Comparte el dogmatismo del feligrés pero su contenido es
distinto. A él le habla ese pasaje del descargo (¿fallido?) del presidente “Si
vas al casino y perdés plata ¿cuál es el reclamo?”. Para este tipo
sociológico cada quien se comporta en este mundo como una unidad encerrada en
sí misma que es responsable sólo de sí en términos absolutos y que no reconoce
otra ley que la que dicta el azar, la contingencia y la especulación
financiera. Su forma más acabada en el presente es la del “trader financiero” o
“cripto bro”. Uno de sus valores más preciados es la astucia porque
para él el mérito no está atado al esfuerzo sino a la retribución de lo que el
mercado considera un aporte. Él sabe a qué riesgos se expone y asume incólume
la derrota. Hay algo de estoicismo en su aceptación resignada y un alarmante
desconocimiento del lazo social y sus relaciones de interdependencia. Para este
perfil es más justificable que el presidente haya actuado sabiendo lo que se
hacía que la sospecha de que fue taimado. Aceptaría la primera opción porque se
correspondería con la estima en que se tiene a la astucia; abjuraría de la
segunda porque se puede ser todo en esta selva menos un estúpido.
Para ser más claros: si se hubiese tratado de un esquema
ponzi, una estafa concretada a través de una meme coin en la
que el presidente ganó dinero, podría ser celebrado y elogiado por el “átomo
libre”que comprende el mundo sin reglas de la competencia financiera e idolatra
la figura de un Maquiavelo digital. En ese caso, Milei no sería otra cosa que
un ganador, un astuto valorizador de su propia fortuna que logra imponerse en
un mundo donde la ventaja lo es todo. En ellos los discursos condenatorios de
una estafa consumada son quejas de los débiles apañando a otros débiles sin la
fuerza que la competencia reclama para crear un mundo de abundancia. Una
porción de quienes se ubican en este tipo, aquella que se convenció de que el
estafador fue estafado, puede retirar su apoyo; otra, en cambio, continuará
admirando su accionar aún cuando pueda ser reprochable para la opinión
pública.
3. El punitivo, vale mas la pena que el hecho.
El carácter punitivo está obsesionado más con la pena que con
el crimen. Su leitmotiv es “el que las hace las paga”. Su pulsión libidinal
está puesta en el momento del castigo, en la fascinación que le provoca la
fuerza de la autoridad puesta en acto. Eso termina fácilmente en desborde de
violencia y hace que otras determinaciones de la aplicación de la autoridad
pierdan importancia. Por eso, en muchas ocasiones, el castigo que satisface
emocionalmente al carácter punitivo es excesivo en relación a la falta. También
puede suceder, en casos más extremos, que la necesidad de que el castigo se
concrete haga que el sujeto punitivo vea crímenes por doquier, aun allí donde
no los hay. Para este tipo sociológico la justicia social sólo se declina como
justicia por mano propia. Aboga por la libre portación de armas, la baja en la
edad de imputabilidad y la libertad de acción para las fuerzas de seguridad.
Ese deseo o vocación de castigo se alimenta de prejuicios sociales contra los
extranjeros, los planeros, los piqueteros y las minorías sociales. Todos ellos
cubiertos por el manto de sospecha de estar quebrantando la ley y el orden,
burlando las reglas de una competencia en igualdad (imaginaria) de condiciones.
Su leitmotiv es “el que las hace las paga”.
Le fascina el castigo, la fuerza de mando puesta en acto. La figura de
autoridad queda exenta del juicio. No se puede prescindir del verdugo que
produce el espectáculo de la crueldad.
Sin embargo, para ellos el castigo no alcanza a cualquiera.
La figura de autoridad que lo aplica queda, otra vez, exenta del juicio. No se
puede prescindir del verdugo que produce el espectáculo de la crueldad. El
carácter punitivo reproduce la relación con la autoridad que ya había señalado
Theodor Adorno en un estudio sociológico clásico, y que se caracteriza por el
doble movimiento complementario de agresión hacia los que no obedecen la
autoridad y amenazan con perturbar el orden y la sumisión absoluta al poder.
Por lo tanto, para una adhesión ideológico-política de este tipo, la figura de
Milei queda relativamente indemne. El lugar que ocupa como figura de la
autoridad, más aún cuando se ha manifestado públicamente afín a las ideas
punitivas, no se pone en tela de juicio por los eventos del Criptogate.
4. El tecnócrata del mercado, de siempre.
Reconoce los ribetes excéntricos del presidente pero los
subestima porque considera que su mayor valor radica en su expertise: la
economía. Tuvo muestras de ellas en la disminución de la inflación y el
sostenimiento del déficit cero, los logros máximos de una política económica
que reduce el Estado y deja actuar al mercado. El tecnócrata es el reverso
ilustrado del feligrés: también cree en fuerzas ocultas, pero encarnadas en la
mano invisible del mercado. Por eso, también cree que Milei es un elegido, pero
lo ve más bien como el que llegó para “hacer lo que había que hacer”, un audaz
que vino a ordenar la economía del país sin preocuparse por las consecuencias
sociopolíticas de sus decisiones. Milei es más economista que presidente, y
esto le gusta al tecnócrata. Porque de lo que se trata, ante todo, es de darle
impulso al sector privado respetando las reglas de funcionamiento de un mercado
competitivo, que asigne de manera adecuada los premios y castigos. Esto lo
separa del “átomo libre-cripto bro”, el tecnócrata cree en las reglas y su
función, y no desea un mundo de lucha descarnada por la acumulación. El mérito
y el estatus “bien ganado”, garantizado por reglas del juego claras del
mercado, tienen aquí un valor moral inestimable. Por eso el tecnócrata rechaza
la justicia social, la ve como una idea inmoral que en su origen justifica un
robo a través de los impuestos, y en el final favorece a los que no se
esfuerzan, trastocando las señales del mercado con su adecuado ordenamiento del
mérito. En definitiva, el tecnócrata está convencido de que la sociedad más
justa es la sociedad de mercado, y aquí, la figura del Maquiavelo de las
finanzas adorada por el cripto bro queda reducida al despreciable estafador
marginal de la película “Nueve Reinas”.
Esta forma de pensar lo pone en una encrucijada frente al Criptogate
de Milei: oscila entre la admiración al presidente en virtud de su supuesto
saber técnico y el rechazo por ejercer violencia sobre las reglas de juego a
partir de traficar influencias. Una estafa de tipo ponzi no sería más que eso:
un atentado del elegido contra su propio mandato. Si el experimento de $LIBRA
hubiera sido un proyecto de financiamiento para el desarrollo productivo de la
Argentina, destinado a acompañar a las PyMES nacionales, entonces estaríamos
hablando de una idea que podría haber recibido el apoyo de un tecnócrata de la
economía liberal. Sin embargo, consumada y expuesta la estafa, su apoyo puede
ser retirado, o al menos derivar hacia el desencanto.
5. El tolerante
Puede ser definido como un neoliberal en términos económicos
y liberal en lo político-cultural. Cree en las reglas de mercado y su función
ordenadora de lo social, pero sin la fascinación por el saber especializado del
tecnócrata. Antes que la jerarquía del mérito, parte de una cierta conciencia
igualitarista afincada en la igualdad de oportunidades: en la sociedad de
mercado todos deben tener una oportunidad y un lugar. Esto se traduce en una
actitud comprensiva e inclusiva en los ámbitos político y cultural. Por eso, la
justicia social se vive en este sujeto como una contradicción: por un lado, es
un fin moralmente valorable, pero los medios posibles para conseguirlo, sobre
todo aquellos relacionados a la acción política, pueden ser moralmente
reprochables.
A él le cabría la definición de Fraser de neoliberalismo
progresista: un neoliberal en términos económicos que abraza las demandas
múltiples de reconocimiento en términos culturales. Está a favor de los
derechos de las minorías, es “bienpensante”, y apoya la causa LGBTQ+, siempre
que no colisione con su racionalidad económica neoliberal. Tolera esos derechos
sin llegar a reconocer positivamente el valor de la diferencia. El límite casi
absoluto de su tolerancia es el peronismo en el que sólo ve populismo. Para
este prototipo social el Criptogate viene a engrosar la gota que comenzó a
horadar la imagen del presidente luego del discurso de Davos.
Tolera los derechos de las minoría pero su límite casi
absoluto es el peronismo.
6. El desencantado
Este perfil se define por sus disposiciones anti-políticas.
En este sentido, el discurso anti-casta no lo interpela completamente porque
cree más bien que “todos los políticos son iguales”. Se caracteriza por una
actitud de desconfianza ante las prácticas políticas y la gestión burocrática
del Estado. Descree tanto de los dirigentes históricos como de los recién
llegados basándose en su experiencia: se ha entusiasmado y decepcionado más de
una vez a lo largo de su trayectoria cívica. Para este sujeto la justicia
social es un verso que utilizan los políticos en provecho propio, un paliativo
para el sufrimiento de los desposeídos que le permite, a cambio, mantenerse en
el poder. Por eso cree que es mejor mantenerse al margen de la política, a la
que ve como un circo o un espectáculo. Para él todo se resolvería si cada quien
se dedicara a hacer lo suyo con responsabilidad y honestidad. La vida social se
dirime en una correcta comprensión de los límites. Hay que respetar, dejar
vivir y no molestar a los demás; en el mejor de los casos, hacer un aporte
valioso para la sociedad. Si estas máximas se cumplen, es posible alcanzar una
convivencia social armoniosa, confinado la política a escenas puntuales de
conflicto. Para este sujeto, el Criptogate sólo confirma sus sospechas, algo
que siempre supo: que todos en algún punto lo desilusionan. Su gesto, antes que
la rabia o la rebelión, es la resignación. Se ilusionó con Milei -como otrora
lo hizo con Kirchner y luego con Macri- se desilusionó cuando asumió Caputo y dejó
de creer con Sturzeneger. El saldo de estos episodios es una profundización de
su escepticismo y antipolítica.
En todos y cada uno de ellos prima la tentación antipolítica,
con sus politizaciones autoritarias.
Los tres primeros perfiles son los votantes “duros” de Milei, es decir, quienes lo acompañaron desde el minuto cero, mientras que los tres segundos se corresponderían con quienes lo apoyaron en el balotaje. El desgranamiento en cada caso es desigual, pero donde sale más herido el vínculo es en los tres segundos, sabiendo que en todos y cada uno de ellos la tentación antipolítica, con sus politizaciones autoritarias, es la que prima. A estas racionalidades debería atender quien quiera disputar en términos políticos, si es que aún alguien quiere hacerlo. Creo hay quienes se encuentran en esa misión y hacen esfuerzos para comprender el fenómeno y dar esa batalla y es loable que así sea
Las prácticas del teatro de la política tradicional a las que asistimos generan un profundo malestar. Las vanidades, la rosca, el chiquitaje llevan agua para el molino ajeno, reforzando el sentimiento de orfandad e impotencia en quienes a pesar de todo creemos aún en la democracia y la justicia social. Una vez más, se devalúa la política. En buena hora están los que se esfuerzan por dar esta batalla, desde la política.
Queda aún por reflexionar, ante una opinión pública centrada
en el atraso cambiario y la posibilidad de una devaluación de la moneda, qué
tan profunda es la devaluación de la imagen de Milei para las élites económicas
locales, sus socios internacionales, y sus amigos de Silicon Valley.
Espero sea de utilidad .

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